Llanto inevitable

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La escuché todos los días durante seis meses. Solía cantarla un cantante africano de la estación de Metro Avenida de América, en Madrid, justo cuando yo regresaba de la maestría a casa. Siempre me quedaba a escucharlo porque me sacaba una sonrisa. No se movía mucho, pese al ritmo de la canción, pero con su voz bastaba. Después de que terminaron las clases, hace casi cuatro años, rara vez la volví a escuchar. Hace no mucho, Chaparrito, quien me conoce mejor que casi cualquiera, sabía, sin que yo le dijera algo, que había algo que no estaba bien y me mandó esta canción. No era la versión de Bob Marley pero mi pequeño gran amigo, mostrando uno de sus mejores lados, me hizo llorar.


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