Lección aprendida

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En una de esas conversaciones que significan más de lo que aparentan, mi tía Claudia me aseguró que toda persona necesita de alguien que la cuide. “Necesitas alguien que pueda protegerte, sin importar que tan autosuficiente seas”, dijo. Rebatí su opinión con la pasión de una adolescente que se siente adulta, como si la emancipación fuera contraria al amor. Casi diez años después de aquella plática, comprendí a mi sabia tía Claudia, a quien le adjudico los consejos más lúcidos: todos necesitamos un refugio, alguien que no deje que la lluvia te toque, a menos que tú tengas ganas de mojarte.

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