Tendrían que ver la cara con la que Nacho ve a mi mamá después de 49 años de conocerla y 35 de estar casados. No es que siempre esté embobado, pero no pasa un día sin que la mire como si la acabara de descubrir. Si mi mamá cuenta un chiste o baila o cuando se está arreglando, él la ve, inclina ligeramente la cabeza y se queda callado con una sonrisa llena de paz. ¡Ay gorda!, le dice con la compasión propia del amor. ¿Qué mujer podría decir lo mismo? Ojalá yo.
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