Tacos de frijol

Avatar de DEVA

La casa de al lado, que hoy luce abandonada y desalmada, alguna vez fue un lugar de recreación para Tipi y para mí. Ahí solían vivir las tres hermanas y la madre Melgoza y Gerardito, uno de los sobrinos, a quien querían como a un hijo. Gerardito era unos tres años más grande que Tipi, unos cinco más que yo, pero siempre tuvo un alma de niño inocente, de esos que no saben hacer maldades, de esos que siempre están dispuestos a compartir. Por eso jugaba con nosotros, por eso y porque era un niño solitario en medio de un mundo de adultos, temeroso y siempre muy cuidado porque sufría una de esas enfermedades que nadie debería sufrir, hemofilia. De eso, claro, Tipi y yo no teníamos consciencia, así que, sin medir riesgos, casi todas las tardes le gritábamos desde nuestro patio para que saliera a jugar con nosotros. Si teníamos suerte, Gerardito nos invitaba a su casa, donde pintábamos carreteritas con gis para los coches, armábamos casas con las piezas del dominó o lo mirábamos a él construir laberintos con las cartas de mesa. También nos invitaba a merendar, uno de los momentos más esperados por nosotros, pues la abuela Melgoza preparaba los mejores tacos de frijol jamás probados por el hombre, con una embarrada de la leguminosa, tortilla de maíz y un poco de queso espolvoreado… ¡inigualables!
Gerardito murió cuando tenía unos 15 o 16 años, sus defensas no le alcanzaron para soportar los embates de una enfermedad que lo fue debilitando poco a poco. Fuimos a su funeral pero jamás entendimos por qué debe morir un niño. Jamás regresamos a la casa de las Melgoza, tampoco volvimos a tener un vecino con quien jugar. Nunca más, comimos tacos de frijoles tan buenos.

Deja un comentario