El niño

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Tendría dos años la primera vez que me partió el corazón. Iba, al menos, una vez a la semana a casa, donde jugaba conmigo, donde yo lo cuidaba. Como muchos niños, le gustaba salir a la calle y cuando descubrió la panadería de la esquina fue imposible convencerlo de no volver. Uno de esos días en los que yo jugaba a la niñera, quiso salir a la dichosa tienda a comprar un dulce. Así lo hicimos dos o tres veces durante el rato que estuvimos juntos, pues el pretexto era el caramelo pero el objetivo era distraerse con lo que había en el exterior. La cuarta vez que me pidió ir por un dulce, le respondí que ya no era posible porque se me había terminado el dinero. “¿Por qué?”, preguntó. “Porque soy pobre”, respondí sin pensar. A diferencia de todos los niños, no se emberrinchó. Aquel día no volvimos a tocar el tema.
Una semana después, como de costumbre, llegó a la casa. Esta vez, sin embargo, cargaba algo entre los brazos. Con trabajos podía caminar, pues el objeto era pesado. Era una alcancía de Hércules, llena de monedas que él y sus papás habían recolectado. “¿Y esto?”, pregunté. “Es para que ya no seas pobre. Quédatela, la necesitas más que yo”, dijo. Le dio un abrazo. Lloré. Muchas otras veces puso a prueba su nobleza: dejaba que su hermana menor le ganara en las carreritas; cuando yo perdía en algún juego, él me cedía su primer lugar; hacía siempre lo que su hermana le pedía, como comerse lo que ella ya no quería, etcétera, etcétera, etcétera.
Hace unos días, me presumió el gran pastel de queso que iba a comerse, porque es nuestro postre favorito. Yo le envié un mensaje que decía: “¡Ese es mi muchacho!”, a lo que Alex, ya de 15 años, respondió: “¡Yo no soy ningún muchacho, soy el mismo niño con el que solías jugar!”. Esa fue la última vez que me rompió el corazón.

Un comentario

  1. Anónimo

    WOOOW!

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