Desayuné con un viejo amigo, a quien siempre he considerado brillante. Su paso académico ha sido intachable: ha tenido beca desde la secundaria, estudió dos carreras y se graduó con honores y está por terminar su segunda maestría en una de las mejores universidades de Estados Unidos. Ahora está buscando hacer el doctorado, también en el vecino país del norte. Durante nuestra conversación para ponernos al día, soltó la palabra “novia”. “¿Tienes novia allá?”, pregunté sorprendida. “Tenía novia aquí, en el DF, pero acabamos de terminar”, respondió. Me explicó que durante año y medio estuvieron bien pero en noviembre la atacó la locura, tal vez por la separación. “No fue la distancia lo que la volvió loca, fue que tú tuvieras otros planes, que no se los hubieras contado y que ella no fuera una prioridad”, respondí. “Entiendo, pero no estoy de acuerdo”, dijo y con ello firmó su sentencia. Mira, le dije, durante año y medio ella te ha estado esperando, mientras tú sigues con tus planes de vida, planes en los que ella no está incluida. ¿No es un poco egoísta? Sus 26 años no son iguales que tus 28. Ella, aunque no quiera casarse en este momento, sí quiere un compromiso, quiere certeza, y tú no piensas sacrificar o arriesgar nada para dárselos. ¿O sí? A lo mejor en diez años tú serás presidente del Banco Mundial y ella siempre estará pensando que pudo haber sido la esposa del presidente del Banco Mundial, pero mientras tanto, ¿qué? Las mujeres no vivimos de promesas, queremos claridad. Quieres buscarla para que regrese contigo, pero mañana tú te irás y ella se quedará esperándote, otra vez, esperándote. Cuando terminé la letanía, me miró con ojos de asombro, seguramente porque esperaba que le diera palmaditas de apoyo en la espalda, que le dijera, como muchas otras veces, que las mujeres estaban locas por culpa de las hormonas. Lo siento, agregué, no puedo darte mi voto esta vez. “Pues sí”, recalcó. Minutos después, mi viejo amigo y yo nos despedimos con un abrazo entre melancólico y frío. Sé que pasarán muchos años para que lo vuelva a ver. Espero, para entonces, darle la razón.

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