En la infancia, mi hermano siempre fue mi compinche de juegos. Siguiendo la jerarquía de la edad, él ideaba y yo ejecutaba, básicamente, aunque algunas veces el gen demoniaco se apoderaba de mí. Una de esas veces ocurrió un día en el que Tipi y yo correteábamos por la casa, cuando él tenía unos nueve y yo unos siete años aproximadamente. Mis papás no estaban, así que no habiendo gatos, los ratones a sus anchas íbamos de mi cuarto, que estaba en un extremo de la casa, al de Tipi, que estaba en el otro. Pasamos mucho rato haciéndolo hasta que lo arruiné, justo en el momento en que él me atrapó. En un berrinche de cólera, tomé un cepillo de cerdas metálicas y rígidas, de los que se usan para peinar a los perros, y, usando toda mi fuerza, lo estrellé contra su mano. Tipi gritó del dolor, se retorcía. El cepillo lo había perforado y su mano estaba llena de decenas de puntitos de sangre. Yo, con el orgullo propio que genera el miedo, no me disculpé, e, incluso, le dejé de hablar. Sabía que no tenía escapatoria, que no tenía una justificación para haber lastimado a mi hermano y que mi mamá haría caer todo el peso de la ley sobre mí. Cuando mi mamá llegó, Tipi trató de esconder las huellas de la batalla, pero mi mamá lo sorprendió. “¿Qué te pasó?”, preguntó. “Metí la mano en el borde de la puerta y me la pellizqué sin querer”, respondió. “Bruto”, concluyó y no volvió a discutir el tema.
Aunque tuvo razones para hacerlo, mi hermano no me delató. Tampoco me extorsionó ni usó esa información a su favor. Me fui limpia ante los ojos de mis papás, ante quienes siempre fui la bien portada. Yo no tuve el valor de decir la verdad. Tipi no actuó para darme una lección, lo hizo porque tiene uno de los corazones más nobles que yo conozca, pero, sin querer, me enseñó el valor de la lealtad. Eso es lo que hace la verdadera familia, siempre cuidar tu espalda y, en el camino, hacerte un bien.
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