Escribo este post porque prefiero que lo sepan por mí antesque por alguien más. Mi hermano siempre ha amenazado con chantajearme y
arruinar mi vida, así que, a fin de evitar la extorsión, hoy voy a confesar mi
oscuro pasado. Sí, tengo cosas que me avergüenzan y todas ellas ocurrieron en
la secundaria.
Ingresé a un colegio de mujeres en 1995, justo en primero de
secundaria. En plena pubertad, la aceptación es la clave para la supervivencia.
Por eso, por la aceptación, un puberto está dispuesto a sacrificarlo todo,
incluso su integridad física y su dignidad. Yo sacrifiqué las mías formando
parte de la estudiantina. Sí, hoy es motivo de burla, pero en aquella época,
ser de la estudiantina significaba tener una vida fuera de la escuela y la
oportunidad de conocer personas del sexo opuesto. A mí eso último no me
interesaba pero como mis amigas estaban ahí, yo no quería quedarme atrás. Duré
un año ahí, lo suficiente para darme cuenta que la cantada y el intentar ser
popular no era lo mío.
que necesitaba expresarme por aquello de la vena artística. Pero no tengo
ninguna de esas venas, así que para esta incursión no tengo justificación. Por
cierto, mi mamá aún conserva varias de las piezas que pinté. Madre, si lees
esto, tienes mi autorización para deshacerte de ellas.
La última confesión que tengo que hacer es mi apego a una
falda hippie. Yo la amaba, más que cualquier otra prenda, y mi hermano siempre
me decía que me la pusiera. Ahora sé que era por maldad, porque no se me veía
nada bien. Pero esto para mí no es vergonzoso, en realidad, si aún la tuviera
la seguiría usando junto con mis huaraches de llanta, independientemente de las
críticas que resultaran de ello.
Ahora que lo he dicho todo, Tipi ya no puede sabotearme,
pero yo a él sí. Esperaré pacientemente a que llegue el momento adecuado y,
entonces, veremos quién ríe mejor.
Deja un comentario