El triunvirato

Avatar de DEVA
Tipi creyó que era una gran idea que lo enterráramos en
juguetes. Yo me opuse, Daniela aceptó. Como la democracia ganó y yo rezongué,
me dejaron fuera del juego.  Mi hermano
se colocó en posición de momia entre la pared y una de las camas del cuarto de
Dany. Ella comenzó a bajar todos sus juguetes y procedió a los rituales fúnebres.
Yo subía y bajaba de la resbaladilla rosa y sólo advertía: los van a regañar.
Cuando Daniela colocó el último juguete sobre mi hermano, mi mamá llegó por
nosotros, pero mi tío no nos dejó salir. Si todos tiran, todos recogen, era la
ley de la prisión. Yo no había tirado, pero tomando en cuenta los antecedentes
familiares, mi olfato me dijo que era mejor no repelar y los ayudé. Como
siempre, Tipi pensó que era más astuto que los adultos y decidió esconder todos
los juguetes en el clóset. Su jugada le duró unos diez minutos y cuando la
mirada de fuego de Gabriel se posó sobre él, no nos quedó más remedio que poner
cada cosa en su lugar. Tardamos horas en acomodar todo. Nunca les cobré la
ayuda, de hecho, veintitrés años después, mi mamá sigue pensando que yo
participé en el entierro.

***

Ni Daniela, ni Tipi ni yo tuvimos un carácter dócil. No
fuimos muy manipulables, ni maleables, ni nos regíamos por las reglas de los
adultos, ni nos dejábamos envolver por su autoridad. Imperaban nuestros
intereses y seguíamos nuestros propios principios. Como hermano mayor, Tipi
siempre quería jugar lo que se le antojaba y, aunque normalmente yo lo
obedecía, de vez en cuando me sublevaba, y Dany, Dany siempre elegía ser un
caballo fuera cual fuera el juego. A veces Tipi y Dany hacían alianza para
ganarme y yo terminaba cediendo. Otras veces, Dany se aliaba conmigo y Tipi era
el que tenía que dar su brazo a torcer. Creo que Tipi y yo nunca nos aliamos en
contra de Dany, lo que me hace pensar que, o era la más astuta de los tres, o
se contentaba con ser un caballo en el juego que se prestara más para que ella
pudiera trotar en cuatro patas, libre y sin ataduras. Lo que es un hecho es que
nos las arreglábamos con nuestras propias negociaciones y sabíamos que, para
mayor diversión o para los regaños respectivos, siempre era mejor si se
multiplicaba o se dividía entre tres.

***

Daniela llegó a nuestras vidas en 1984, un año después de mi
nacimiento. Los tres crecimos juntos, al grado que la gente pensaba que Dany y
yo éramos gemelas, una en blanco y otra en negro. Vivíamos prácticamente juntos
y no había día que no nos viéramos. Junto a ella aprendimos el concepto de
compartir. Pero, como siempre que algo no funciona, la vida de los adultos se
encargó de separarnos y de un día para otro toda esa complicidad desapareció. Yo
tenía diez años cuando ella se fue de México y, pese a que siempre mantuve la
esperanza de que regresara, fue la primera gran pérdida significativa que
sufrí.

***

Hace unos días, visité a Dany en su casa. No nos costó
trabajo vernos o hablarnos y dedicamos varias horas a recordar aquellos viejos
tiempos en los que imperaba nuestro triunvirato. Fue muy fácil estar y
comprobar que hay cosas que ni el tiempo, ni la distancia, ni los problemas
entre adultos pueden cambiar, como la camaradería que existe entre los hermanos
que comparten memorias, risas y silencios.

Deja un comentario