De cena con Bastenier

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El martes 16 de marzo de 2010, el periodista español Miguel
Ángel Bastenier presentó su libro “Cómo se escribe un periódico”, en la Ciudad
de México.  Para aquellos estudiosos de
la comunicación o todo aquel que se jacte de ser periodista de habla hispana, Bastenier
es un referente, un obligado y un icono. Su conferencia no sólo se me antojaba,
sino que era, casi con certeza, la última oportunidad de escuchar al conocedor.
“¿Pero a quién se le ocurre agendar su conferencia magistral en medio de la
jornada laboral? ¡Si todos los periodistas estarán trabajando!”, dije a Z. “¿No
irás? Pues yo sí” y tras lanzar su característica sonrisa burlona di por
acabada la conversación.
Cerca de las 21:00 hrs. de ese día recibí una llamada de Z. “¿Qué
haces?” “Trabajo en la traducción que me pediste.” “Pues déjala. Te veo en una
hora en la Casa de Italia. ¿Sabes dónde está?” “Sí, pero debo terminar.” “Que
la dejes, necia, necesito que vengas” y colgó el teléfono. No era la primera
vez que Z. me daba una orden de la que desconocía el contexto, pero seguí sus
instrucciones, pedí un taxi y me encaminé a la Colonia Condesa.  En el lugar ya estaba Z. “¿Qué hay?”, pregunté.
“Nada, esperamos a Bastenier, pero se retrasó. No tarda en llegar”, respondió. Pensé que mi jefe se mofaba de mí, pero minutos después apareció. Ahí estaba,
con el pelo más cano de lo que imaginaba, con un timbre de voz que hacía girar
a todos los comensales y con el humor que todo aquel que lo haya leído puede
imaginar. Sí, era Miguel Ángel Bastenier, complacido de cenar con su viejo
amigo Z.
Bastenier y Z. pidieron cordero de cenar. Jaime Abello,
director de la Fundación Nuevo Periodismo, también nos acompañó en la mesa
. Yo era la única que no encajaba con el perfil de los presentes, así
que, como sólo alguien que no tiene nada interesante que decir, me dediqué a
escuchar: “Aquella vez con Castro…“ “Y en el homenaje con Kapuscinnski…” Y que
si Venezuela, y que si Zapatero… decía uno y el otro terminaba por completar la
anécdota.  Luego llegó mi turno: “¿Así
que tú eres la que me va a quitar el trabajo próximamente?”, cuestionó Bastenier
en un tono inquisidor. “Delo por hecho”, respondí y él soltó una carcajada. Y
hablamos del periodismo y de sus plataformas y de sus calidades y de su destino
y de sus fallas y de sus futuro, y de si algún día él aceptaría la convergencia
y de El País y de la crisis económica y de si algún día lo veríamos en las
redes y de sus matrimonios y de la cena y del vino y de los placeres y de su
salud… y así fue hasta que el restaurante no
pudo
prolongar más el cierre. Fue el mejor de los lujos, una emoción aturdidora, al grado que, por momentos, me sentí como en una película de culto.
Al otro día, Bastenier
asistió a la redacción a dar una breve charla a los periodistas, tras una espontánea
invitación de Z., pero ese día yo me despedí de él como si no hubiera mañana, y
también de Z. a quien, desde entonces, miré con más de admiración.

Un comentario

  1. Anónimo

    Y yo recuerdo que llevaba dos semanas de haber renunciado a Reforma… Vi las fotos de Bastenier y me preguntaba si realmente había tomado la decisión correcta.

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