Foto: Cuartoscuro
15 de septiembre de 1995. Arribé cerca de las 21:30 horas,
después de haber pasado la tarde con mis amigas. Como cada viernes, mis papás
estaban reunidos en el comedor con algunos amigos. Vivíamos temporalmente en el
departamento de abajo, el de mi abuela, porque el de arriba, el nuestro, estaba
en plena remodelación. Saludé a todos y cuando mi mamá notó mi cansancio me
sugirió dormir. “¿Por qué no te acuestas con Consuelo? Tiene mucho frío”, dijo.
En el cuarto principal, mis papás habían colocado un colchón extra para poder
cuidar a mi abuela, quien por más de una década se había ido extinguiendo
conforme el Alzheimer se instalaba en ella. Prendí la televisión para no perderme el
Grito de Independencia, el primero que encabezaría el presidente Ernesto
Zedillo, y me acosté. Mi abuela estaba helada pero dormía profundamente. Yo la
abracé para calentarla y, arrastrada por su paz, inmediatamente caí rendida. A
la mañana siguiente, mamá me despertó: “Vienen tus tíos para acá. Necesito que
me ayudes”. Después supe que mamá le había pedido a Nacho que le marcara a sus
hermanos para que fueran a despedirse de Chelito, quien murió cerca de las
13:00 horas del 16 de septiembre, el mismo día en que un accidente aéreo durante
el Desfile Militar se llevó la vida de cinco pilotos. Yo
nunca volví a celebrar la Independencia de México, tal vez porque tampoco hay
mucho que celebrar, y, hasta hoy, ese es el último Grito del que tengo
memoria.
después de haber pasado la tarde con mis amigas. Como cada viernes, mis papás
estaban reunidos en el comedor con algunos amigos. Vivíamos temporalmente en el
departamento de abajo, el de mi abuela, porque el de arriba, el nuestro, estaba
en plena remodelación. Saludé a todos y cuando mi mamá notó mi cansancio me
sugirió dormir. “¿Por qué no te acuestas con Consuelo? Tiene mucho frío”, dijo.
En el cuarto principal, mis papás habían colocado un colchón extra para poder
cuidar a mi abuela, quien por más de una década se había ido extinguiendo
conforme el Alzheimer se instalaba en ella. Prendí la televisión para no perderme el
Grito de Independencia, el primero que encabezaría el presidente Ernesto
Zedillo, y me acosté. Mi abuela estaba helada pero dormía profundamente. Yo la
abracé para calentarla y, arrastrada por su paz, inmediatamente caí rendida. A
la mañana siguiente, mamá me despertó: “Vienen tus tíos para acá. Necesito que
me ayudes”. Después supe que mamá le había pedido a Nacho que le marcara a sus
hermanos para que fueran a despedirse de Chelito, quien murió cerca de las
13:00 horas del 16 de septiembre, el mismo día en que un accidente aéreo durante
el Desfile Militar se llevó la vida de cinco pilotos. Yo
nunca volví a celebrar la Independencia de México, tal vez porque tampoco hay
mucho que celebrar, y, hasta hoy, ese es el último Grito del que tengo
memoria.

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