Cariñito azucarado…

Avatar de DEVA
Suelo ironizar sobre la extraña forma en la que mis papás me educaron. De mi mamá, especialmente, me burlo de su poco desarrollado sentido de la maternidad compasiva. Como siempre, no miento. Como todo bebé, solía despertarme en las noches, llorando, pidiendo a gritos que los brazos de mi madre me rescataran de las terribles garras de la cuna, pero eso nunca pasó. En su defensa, mamá alega que soñaba que se despertaba por mí pero, en el plano consciente, Nacho era quien me sacaba del infierno. Hay más. Tipi y yo no conocimos lo que era el desayuno. Si alguien tiene la culpa del bajo rendimiento escolar de mi hermano, fue mi madre, porque jamás nos dio de desayunar. ¿El pretexto? Según su propio testimonio, el primer día de clases lo intentó y, como no nos gustó, decidió que no lo necesitábamos. Por fortuna, mi pequeño cuerpo siempre demandó menos alimento que el de mi hermano y mi cerebro supo guardar reservas para evitar la atención dispersa de la que mi hermano fue víctima. Tampoco nos hacía lunch escolar. Si no hubiera sido por los sándwiches de Nacho y su agua de limón en bote de Melox, seguramente hubiéramos crecido en plena desnutrición. Aún hay más. En esa inconsciencia de chamaca que jugaba a tener hijos, mamá siempre estuvo convencida que a Tipi y a mí nos encantaba quedarnos en la escuela completamente solos. Esa es la razón por la que llegaba tarde a recogernos, no porque se olvidara de nosotros, sino porque Tipi y yo éramos muy felices en el patio del colegio. Ajá. Como consuelo, nos teníamos Tipi y yo para destruirnos y recomponernos solos y juntitos. Sin embargo, en 1994, la vida dio una serie de misteriosos giros que traerían un nuevo orden familiar. Mi hermano dejó la primaria y cambió de colegio y a mí, me visitó el mesías, aquel que las mujeres esperamos puntual cada mes, los números rojos, el saldo negativo, la regla, la monstruación, la menstruación. Entonces, sin más, mamá comenzó a hablar largas horas conmigo, a confiarme cosas, a cuidar mi alimentación, a ser más dura en algunas cosas y más comprensiva en otras, a exigirme madurez y a llorar conmigo cuando lo ameritaba. También comenzó a llegar temprano por mí a la hora de la salida y en cuanto me subía al coche me cantaba, a tono de Virgina López, Cariñito Azucarado.

Con el tiempo, mamá se fue volviendo más dulce conmigo, tan dulce que, de haber sido una vieja bruja, ahora todos los días me pide que la llene de besos y abrazos, que le diga en qué me puede ayudar, que me acueste con ella y que le cante o le cuente o lo que yo quiera mientras esté ahí. Y así es de simple, la vida no te quita nada sin darte algo a cambio. A mí me quitó a mi mamá y me quitó mi niñez en el momento justo en el que me regaló a mi gran amiga.

Deja un comentario