En toda familia siempre hay alguien que tiende a sufrir accidentes. En mi familia, ese es Tipi. Desde muy pequeño, siempre le gustó el look de Rocky Balboa, así que más temprano que tarde tuvo la cabeza llena de chipotes, rasguños, sangre y moretones. No sabemos si estaba inconforme con su físico, quería llamar la atención o simplemente era torpe. Tal vez nunca lo sabremos, pero lo que sí sabemos es que cada golpe, accidente, incidente y/o atentado que sufría, movilizaba a toda la familia. Se enterraba un lápiz en el ombligo porque mi mamá lo regañaba por no hacer la tarea, los cohetes le explotaban en las manos, la avalancha Mi Alegría se le estampó en la cara en un movimiento tipo, literal, “la avalancha fue a la cara”, se atravesó los tendones del pie y ni que decir de las dos operaciones de cerebro que sufrió después de una ligera caída, etcétera, etcétera, etcétera. Yo, en cambio, jamás sufrí un accidente, no se me rompió nada, ni me operaron de nada y ni una varicela o rubéola me dio. La única oportunidad que tuve para llamar la atención de una forma masoquista, fue una vez a los siete años, cuando me abrí la ceja en los juegos de un restaurante. Ese día, me pusieron un vendolete y estaba ansiosa de poder, por primera vez, regresar el lunes a la escuela y platicar la odisea que había vivido, pero nunca conté con el factor sorpresa. Al llegar al colegio, al estilo Haudini, mi hermano entró corriendo y, de pronto, desapareció. El mago, el escapista, se había caído y pegado ooootra vez en la frente, en el mismo lugar donde ya tenía un chichón. Por supuesto que nadie me preguntó que me había pasado en la escuela y mi hermano, para no variar, regresó a ser el centro de atracción, esa vez, en su modalidad de El Niño Elefante.
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