El motivo correcto

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Mamá fumó durante 40 años. Durante ese tiempo, no hubo forma, humana o divina, que la motivara a dejar el vicio. No tomó acciones cuando su papá murió de cáncer pulmonar por los efectos del cigarro ni cuando su mamá empezó con problemas cardiacos. Tampoco lo dejó cuando mi hermano sobrevivió a un golpe en la cabeza y dos subsecuentes operaciones, pese a que prometió que lo haría si la libraba. No hizo caso a los enojos de mi hermano, quien se levantaba de la mesa cada que ella encendía un tabaco, ni a los reproches hipocondriacos de Nacho, quien le decía que él moriría por ser un fumador pasivo. Mucho menos atendió mis argumentos racionales. Un día, contra toda lógica, decidió no volver a prender un cigarrillo. No le avisó a nadie, ni se sometió a ningún tratamiento, ni fue por orden médica ni por algún mal derivado de su adicción. Lo hizo acorde a su personalidad, discreta y sin regocijos. Y así, en un acto alejado de todo ego, mamá nos dio una gran lección: la gente puede cambiar cuando encuentra el motivo justo para hacerlo. ¿El suyo? La nieta a la que algún día quiere disfrutar.

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