Tipi y yo bajamos de un juego de la Feria de Chapultepec y no encontramos a mamá donde debía estar. Ella nos observaba desde lejos, pero había decidido esconderse para saber cómo reaccionaríamos si nos encontráramos solos en un lugar público, lleno de gente y de peligros. Lo primero que hizo Tipi fue darme la mano y, muy envalentonado, se acercó a personal de la Feria para pedir ayuda. Yo tenía tres años, mi hermano, cinco.
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Corría el año de 1988 cuando Tipi y yo nos perdimos en San Gil. El lugar apenas empezaba a levantarse, eran pocas las casas que había alrededor y la zona estaba llena de terrenos baldíos y construcciones. Mis papás, que habían quedado de llegar a las 19:00 hrs., se olvidaron de nosotros y a Tipi y a mí nos corrieron del club. Decidimos emprender el regreso a casa de mis tíos, donde nos quedábamos, pero una necedad mía y un confiar de mi hermano, nos hicieron tomar el camino equivocado. No sé cuánto tiempo pasó para que un estadounidense nos encontrara y nos entregara, pero jamás se me ocurrió pensar en el peligro. No había temor, tristeza o desesperación, pese a que todo estaba oscuro. Tipi estaba junto a mí.
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La única película que me ha provocado terror es “Fuego en el Cielo”. Tipi y yo la rentamos un día en que mis papás tenían una cena fuera de casa. Era 1994. Jamás había escuchado hablar de las abducciones y mucho menos había visto algo similar, así que la cinta me provocó paranoia. Prendí todas las luces a mi paso hasta llegar con mi hermano. Me puse junto a su cama y le dije que tenía miedo, así que me acompañó hasta el cuarto y se quedó a dormir conmigo. Sólo así, logré conciliar el sueño.
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En una de esas preguntas raras, debíamos decir qué nos llevaríamos y por qué para sobrevivir después del apocalipsis. “Yo me llevaría a Tipi. Aún soy de las personas que cree que los hermanos mayores son invencibles. Si Tipi estuviera junto a mí, sobreviviría”. Sí, eso haría.

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