Años noventa. El Sr. Rosales fue jefe de mi papá, un jefe como ningún otro porque era una persona como ninguna otra y, como muchos de los personajes que transitaron por mi casa, se enamoró de la familia que hubiera querido tener. Llegaba puntual a su cita de los viernes y se sentaba con placentera calma, como quien ya no tiene nada que perder. Hablaba y lo hacía con cadencia pero sin parar, porque tenía mucho que decir y porque nosotros teníamos mucho que escuchar. Ingeniero y apasionado de la historia, podía narrar los tiempos de la humanidad a través de sus guerras, pues decía que éstas permiten entender el carácter de una nación, la hipocresía de la política y la compleja existencia del ser humano. Era un neomarxista.
– En 20 años, Alemania volverá a ser la primera potencia europea-, decía.
– ¡Está loco! Alemania está perdida, los gringos seguirá siendo la única potencia que rija-, le refutaban.
– Alemania y Rusia, volverán a hacerle contrapeso.
– ¿Rusia? ¡Ja! Imposible.
– Está en su naturaleza. Los alemanes siempre se han levantado de todas las desgracias y, cuando lo hacen, resurgen. Los rusos son otra cosa, porque su historia es una historia de corrupción, pero ya han sabido lo que es tener el poder, así que volverán por él.
– Los rusos están tan sumidos gracias al comunismo que…
– Lo harán, ya lo verá. Y ojo también con China e India, lo harán…
Como pasa con muchos de los más grandes, el Sr. Rosales acaparaba la atención de todos, pero habitaba la soledad. Por eso decidimos tomarlo como propio, pues llenábamos vacíos. Él encontró en mis papás la cercanía y el calor de los hijos, años atrás, con los suyos, se había levantado un muro difícil de derribar; mis papás encontraron un poco de la lucidez que perdieron cuando se fueron los suyos, y mi hermano y yo encontramos al abuelo de las historias interminables. Era un juego justo.
Año dos mil uno. La salud del abuelo es cada vez más endeble. Su físico denota pesadez. Sus hombros están vencidos, como si cargara en ellos toda la tristeza que gritan sus ojos. Sus labios morados y sus manos temblorosas no dejan rastro del hombre grande e impetuoso que años atrás conoció. Vive en casa de su hermana, donde pasa la mayor parte del tiempo, acostado junto a un tanque de oxígeno. Muere durante la noche del 16 al 17 de mayo. Estamos los cuatro. Mi papá y mi hermano le cambian la ropa para su servicio fúnebre. Mi mamá llora. Se ha ido un sabio.
Año dos mil trece. La revista Forbes nombra, por séptimo año consecutivo, a la canciller alemana Angela Merkel como la mujer más poderosa del mundo. Con ella al frente, Alemania ha vuelto a ser la primera potencia europea. Otro conteo de la misma publicación coloca al presidente ruso Vladimir Putin como la persona más poderoso del mundo. Debajo de él, está Barack Obama, el estadounidense. La geopolítica se ha reacomodado y China e India hoy tienen un importante rol. El Sr. Rosales siempre lo supo. Lo que no supo jamás fue lo mucho que influyó en mi formación. Tampoco supo que de él heredé el gusto por la historia, porque fue mi abuelo, acaso adquirido, pero la mejor prestación que obtuvimos gracias al trabajo de mi papá.

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