Hace frío, pero a mí eso no me importa, estoy muy lejos de sufrirlo. Me encanta sentir ese golpe de aire en la cara, como si me estuviera liberando, renovando. Es la misma sensación que tenía todos los días al salir de casa para tomar el Metro, por allá de 2007. No siento presión ni prisa. Puedo caminar sin desconfianza, sin importar la hora. Puedo caminar casi a cualquier lugar. Leo en el trayecto, si debo tomar el metro o el autobús. Recuerdo la época en que devoraba libro tras libro mientras me desplazaba para llegar a algún lugar. Miro a los jóvenes y miro a los ancianos. Los primeros se notan más maduros, más sensatos, como si la reciente crisis económica les hubiera ayudado a crecer. Los segundos siguen tan decorosos, tan arreglados, tan elegantes que me hacen sonreír. Ellos no se doblan, son de una sola pieza. Escucho las conversaciones de las personas que están a mi alrededor y me sigue enamorando la sinceridad y simplicidad con la que la gente habla, se dicen las cosas de frente, sin rodeos, sin politiquería, sin formas, y escuchan de la misma manera, sin resentimientos ni enojos. Nadie tiene miedo a lastimar. Me compro una barra de pan con queso y pimiento y no necesito más. Es cierto que el café de aquí siempre me ha quedado a deber, pero ni siquiera eso me quita la satisfacción. Veo a los viejos amigos, a los que todavía están aquí. Después de tanto tiempo fuera, me doy cuenta de cuánto han y he cambiado, pero siguen siendo de los buenos. Un chico me pide ayuda para colaborar con una fundación para niños de la calle. No puedo porque no tengo una cuenta bancaria local, él me abraza y me da las gracias por ser tan dulce. Me compro unos zapatos porque este es el país de los zapatos cómodos y bonitos, pensados para pies funcionales, para piernas que sí se mueven. Todos hablan y opinan en cualquier momento si escuchan algo de lo que creen saber. A mí me hace gracia y termino por participar en esas conversaciones, aunque sea sólo para escucharlas. Encuentro pequeños rincones mágicos, detenidos en una época muy lejana. Se vive más de noche que de día, porque las personas se toman el tiempo que se tienen que tomar, sin que esto los estrese. Trato de exprimir y alargar las horas, de aprovechar todos los minutos que pueda, de hacer que cada pasito valga la pena, de aferrarme a las calles, a los edificios, a los árboles que están secos por el invierno, a los restaurantes, a la gente. Sé que corre el reloj y que se agotan mis días aquí, y yo siempre quiero más de esto, pero es porque me entiendo muy bien con Madrid. Me entiendo mejor con Madrid que con ninguna otra ciudad en el mundo y entonces le reclamo que no me retuviera y yo me reclamo por no haber entendido que nunca debí marcharme de aquí.

Deja un comentario