Vi a Tipi crecer cuando se convirtió en papá y me dio al sobrino más feliz de la Tierra. Me cambié de casa. Comencé a buscar un hogar nuevo. Hablé con mi hermano como jamás lo hice mientras estuvo en México. Lo tuve que ver partir otra vez, sin boleto de regreso. Tomé 40 aviones; perdí uno. Estuve en 10 países diferentes. Me embarqué en un crucero, en el que comprendí cuánta falta hace el silencio, pero también cuánto daño puede hacer si te excedes en callar. Me volví a enganchar con Interpol y los Arctic Monkeys. Chicago se convirtió en mi ciudad favorita de Estados Unidos. Puse de nuevo los pies en Madrid, lugar favorito para mis catarsis. Lloré viendo un paisaje, porque contemplé la belleza de Dios, al grado de sentir que me respondía todas las dudas y preguntas. Me llegaron cuatro demandas, ninguna de ellas relacionada conmigo. Me convertí en nómada. Descubrí que aunque el desapego es considerado una virtud, hay personas que jamás sabrán lidiar con el mío. Me convencí de las bendiciones del ayurveda, aunque odié tener que volver a comer algo animal; volví al vegetarianismo en cuanto pude. Comprobé que hay yoguis que sólo lo son de forma, pero jamás lo serán de fondo. Me tuve que alejar del yoga para regresar a él. Entrené para un triatlón pero el trabajo me impidió participar en él. Dejé de cargar pesas cuando me dijeron que tenía el cuerpo de Benjamin Aton. Me inscribí a clase de pole dance, pues es más divertido ver a dos manatís que a uno intentándolo. Aprendí que te puedes enamorar muchas veces de la misma persona, mismo número de veces que esa misma persona te puede romper el corazón si tú se lo permites. Sigo creyendo que estar enamorado es el estado más fantástico del ser humano y que el amor suele llegar de forma intempestiva, inesperada e irremediable. Cedí y no me arrepentí de hacerlo. Confié y tuve fe. Aprendí a dejar ir. Recordé que hay gente que tiene las alas tan largas que no pueden ser domesticadas. El significado de la amistad alcanzó nuevos tintes y nuevas formas. Me reencontré con viejos amigos. Alguien hizo una descripción de mí que me pareció bonita: “un bicho raro, pero de esos raros que son fascinantes, como un cien pies”. Me gustó creer que era el pandita rojo más bonito de la Tierra y que así debía ser tratada. Reí muchas más veces de las que lloré, pero me encontré muchas veces llorando por cosas que había olvidado. Volví a leer sin parar y volví a escribir, cumpliendo una promesa hecha a un desconocido. Llegó a mi vida Adrián, el cello más fantástico del planeta. Aprendí que el caos puede ser perfecto.

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