Si hiciera una suma de todas las bromas, maldades, golpes o labores que recibí de mi hermano, su deuda habría sido equivalente a la deuda externa de México… siempre constante y siempre ascendiendo. En innumerables ocasiones, le hice la tarea. Primero, porque si yo la hacía, según él, acabábamos más rápido para ir a jugar. Segundo, porque se nos hizo costumbre. Todavía en la universidad, leí varios de sus libros, ya fuera para hacer sus ensayos o para contárselos. En el último semestre de la carrera, copió todos mis exámenes e hice todos sus trabajos de la, irónicamente, clase de “Ética y Valores”. Anduvo con muchas de mis amigas de la primaria y la secundaria, lo que explica por qué no conservo muchas de las amistades de aquellos años. Me convencía (ce) de hacer siempre su santa voluntad: vamos a jugar tacleadas; ahora hay que jugar luchitas, otro día jugamos lo que tú quieras… ajá; sírveme refresco, ¿no?; hazme de comer; dame dinero; regálame eso; esto es mío, ¿verdad?; cómprame una sorpresa; déjame darte unos apretones -golpes, mordidas o cualquier muestra física que deje marcas-, no seas mala onda… son algunas de las todavía recurrentes frases. Siempre lo consiguió (gue), no sólo porque es un perfecto manipulador, sino porque siempre supe cuál era mi rol de hermana menor. Mi misma madre lo decía: “yo te tuve, para que tu hermano no se aburriera”, argumento suficiente para que yo sirviera a gusto y disgusto a los berrinches, peticiones, caprichos u órdenes de mi hermano, porque al final, mi misión en esta vida, como la de todo benjamín, era ser el juguete y diversión del primogénito. Yo nunca o casi nunca le pedí nada, tampoco me cobré a lo chino ni quise vengarme de su fantochería. Jamás le cobré las decenas que me hizo ver mi suerte, las centenas en las que me explotó ni las miles de veces que le salvé el pellejo. Era parte del código: quien tiene un hermano mayor o es un hermano menor entiende bien cuáles son los principios que rigen la fraternidad. Pero como a mi hermano todo siempre le sale bien, porque el desgraciado tiene carisma y sabe hacer buenos negocios, bastó con hacer una sola transacción para expiar sus culpas conmigo. Su nombre: Eugenio. Con mi sobrino, sus deudas quedaron saldadas, se me olvidó todo lo que tenía que cobrarle y todavía le quedó saldo a favor. A partir de hoy, empezamos de cero.

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