Me invadiste y quemaste tus barcos. Estudiaste el terreno y te aseguraste de ocuparlo todo. Me asaltaste por sorpresa, de forma inesperada e intempestiva, así que no tuve tiempo de subir la guardia. El colonizador siempre es más fuerte, siempre tiene mejores armas, siempre sabe por dónde y cuándo atacar. Tenías clara la estrategia: arrinconarme, atraparme y no dejarme escapatoria. Yo era hábil pero tú eras superior. Después, comenzaste a responder muchas de mis preguntas, resolviste mis dudas y me prometiste que no destruirías mis templos ni atacarías a mis dioses, y que aprenderías a amarlos junto a mí. Me vendiste la idea de que armaríamos una alianza juntos, una en la que los dos ganaríamos, en la que los dos saldríamos fortalecidos. Hicimos tratados de paz, eliminaste de mi cabeza el término enemigo y acordamos que siempre habría amnistía entre los dos. Me evangelizaste y, aunque te gustó mi fe, la tuya se volvió mi certeza. Fuiste fiel a tus promesas y por eso te ofrecí mi lealtad. Yo me uní a tus filas e hice de tus guerras las mías, porque se volvieron nuestras. Tu cubriste mi espalda y cuando hubo amenazas, nunca retrocediste, porque tú siempre supiste que yo era tierra firme, incluso antes de haberme rendido ante ti.

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