Entre
muchas otras cosas, la vida es una sucesión continua de pérdidas. Estamos
acostumbrados a perder algo todos los días. Perdemos recuerdos, sueños,
memorias, ilusiones. Perdemos amigos, trabajos, parejas, seres queridos.
Perdemos, incluso, un poco de nosotros mismos, porque, aunque lo olvidemos,
cada día nos acerca más a la muerte y nos aleja más de la vida. Y a
diario, por tanto, aprendemos a vivir sabiendo, consciente o inconscientemente,
que algo que hemos amado no permanecerá, al menos no de la forma en la que lo
deseamos. De mis duelos he aprendido que llorar es la forma más auténtica de
expresar que has asumido la pérdida y es la forma más natural en la que el
cuerpo y el alma sanan, porque las lágrimas son especies de cicatrices, son las
huellas que una herida dejó. De los duelos he aprendido también que cada quien
debe vivir el suyo, a su tiempo y a su modo, pero que, de forma inevitable,
todos te hacen entender que aquello que has perdido jamás se irá de ti.
Es justo en eso en lo que radica su fascinación, en el poder que tienen de
crear huecos que nosotros podemos llenar con las memorias que elijamos,
memorias que nos permitirán continuar sabiendo que hay una parte que vive ahí,
en un rinconcito del corazón, de todos aquellos seres, cosas y lugares a los que
tuvimos que aprender a decirles adiós.
muchas otras cosas, la vida es una sucesión continua de pérdidas. Estamos
acostumbrados a perder algo todos los días. Perdemos recuerdos, sueños,
memorias, ilusiones. Perdemos amigos, trabajos, parejas, seres queridos.
Perdemos, incluso, un poco de nosotros mismos, porque, aunque lo olvidemos,
cada día nos acerca más a la muerte y nos aleja más de la vida. Y a
diario, por tanto, aprendemos a vivir sabiendo, consciente o inconscientemente,
que algo que hemos amado no permanecerá, al menos no de la forma en la que lo
deseamos. De mis duelos he aprendido que llorar es la forma más auténtica de
expresar que has asumido la pérdida y es la forma más natural en la que el
cuerpo y el alma sanan, porque las lágrimas son especies de cicatrices, son las
huellas que una herida dejó. De los duelos he aprendido también que cada quien
debe vivir el suyo, a su tiempo y a su modo, pero que, de forma inevitable,
todos te hacen entender que aquello que has perdido jamás se irá de ti.
Es justo en eso en lo que radica su fascinación, en el poder que tienen de
crear huecos que nosotros podemos llenar con las memorias que elijamos,
memorias que nos permitirán continuar sabiendo que hay una parte que vive ahí,
en un rinconcito del corazón, de todos aquellos seres, cosas y lugares a los que
tuvimos que aprender a decirles adiós.

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