Lo abrazó de esa forma en la que sólo se abraza cuando algo inevitable ha sucedido, un abrazo profundo, sentido, de los que capturan el aliento, y así, mientras respiraba por última vez su aroma, le susurró al oído gracias, gracias, gracias. Le sonrió como si le escondiera un secreto y lo miró como si fuera a emprender una nueva travesura. Al separarse, él prendió un cigarrillo y continuó la noche entre amigos, desencajado, intentando conectar con un mundo en el que se sentía ajeno y ridículo, un mundo en el que quería encajar aunque lo perdiera todo. Días después, comprendió que esa había sido su despedida. Él siempre la pensaría. Ella jamás lo recordó.

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