Suponía que los hijos eran excelentes maestros y no me equivoqué. Aún no había nacido el mío y ya me había dado varias lecciones, como aprender a ser paciente, comer cosas que por gusto propio no haría o dejar de correr, porque, claro, una barriga grande puede ser de gran impacto para las rodillas. Tener un hijo te obliga a aprender algo nuevo todos los días, pero de todas esas grandes enseñanzas que me han dejado mis escasos cuatro meses de maternidad, hoy me veo en la imperiosa necesidad de compartir la más importante: TU MAMÁ MIENTE.
Mamá miente cuando dice que no está cansada, cuando dice que no estaba dormida o cuando dice que el último pedazo de comida lo estaba guardando para ti, porque ella no tenía hambre. Mamá miente cuando te dice que está bien, que no necesita nada, o cuando después de un accidente o enfermedad asegura sentirse bien. Mamá miente muchas de las veces que te obliga a hacer algo para que no tengas miedo, porque ella, seguramente, tiene pánico. Mamá miente cuando actúa con seguridad aunque no tenga ni la más remota idea de lo que está haciendo. Mamá miente cuando aparenta no sufrir, porque en ocasiones llora en silencio y muchas de ellas es por ti. Mamá miente cuando hace su papel de enfermera y te obliga a tomarte la medicina, porque, aunque se haga la dura, odia que estés enfermo. Mamá miente cuando hace como que no sabe nada de lo que te pasa, porque, aceptémoslo, mamá lo sabe todo, incluso antes de que nosotros lo descifremos. Mamá miente, con la sonrisa más encantadora aunque en sus ojos, si miras bien, hay preocupación. Tu mamá miente, todos los días, de manera sistemática. Tu mamá miente y cuando lo hace es irresistiblemente adorable, porque aunque te tima, sus engaños sólo buscan hacerte feliz.

Deja un comentario