– ¿Quién crees que morirá primero?
– Yo, eso es clarísimo.
– ¿Pero por qué es tan claro? Jamás te enfermas y llevas unas de esas vidas tan sanas que resultan aburridas.
– Justo por eso, Murphy y su ley me darían la razón. Incluso, estoy segura que algún grupo de científicos en alguna universidad de algún país desarrollado ya ha hecho algún estudio que prueba que las personas que llevan una vida muy sana mueren primero que el promedio de los mortales.
– ¿Y cómo morirás? ¿Ya lo sabes? Seguro que en ese estudio ya habrán enumerado las principales causas de muerte de la gente sana.
– Eso sí que no lo sé, pero seré una de esas mujeres que acumularán grasa conforme envejezca, no mucha, lo suficiente para ser la señora llenita pero simpática. Saldré todos los días a caminar con alguna de mis vecinas, con el firme propósito de mantenerme activa y sana. Saludaré a todo el mundo y todos en el barrio me conocerán como la viejita rellena de espíritu joven y tú serás mi huesudo y malhumorado acompañante. Un día, de pronto, me dará un dolor, me llevarás al doctor muy a mi pesar y nos dirá que me quedan pocos meses de vida. Entonces, decidiré vivir mis días como si no pasara nada, porque todos, tal y como son, han sido felices. Seguiré saliendo a caminar, a comer mis chucherías y a jugar con mis nietos, pero ahora tú irás conmigo, porque no querrás perderte ni un segundo de mis agradables conversaciones. Yo te seguiré obligando a que tomes tus medicinas, a que comas un poco mejor y a que no seas tan gruñón con la gente que se te acerca, especialmente con la que te sonríe. Lo bueno es que serás un costal de huesos tan cascarrabias que a la gente le parecerás adorable. Uno de esos días me intentarás despertar con tu delicioso café, pero yo ya no abriré los ojos. Tú te vestirás muy guapo para el funeral, porque así quiero verte desde el ataúd, y le dirás a la gente que partí mientras dormía y sostenía tu mano, tal y como lo hicimos los últimos 45 años. No alargarás mucho el momento de la despedida y pondrás de pretexto que estás cansado y que quieres dormir. Al día siguiente despertarás y seguirás siendo el viejo flacucho refunfuñón de siempre, aunque ahora te esforzarás por ser un poco menos huraño, porque me lo prometerás antes de fallecer y tú siempre cumples tus promesas. Harás tu rutina, verás algún documental, te enojarás viendo las noticias y al finalizar el día me dirás: “buenas noches gordita, estés donde estés”.
– Mmmhhh, pues no estoy de acuerdo. Si yo seré el viejo enojón, frágil y el que lleva los malos hábitos, entonces debería morir primero, eso sería lo lógico.
– Ajá pero lo lógico no es lo justo. Si yo soy la viejita simpática, merezco morir primero, es casi un derecho universal, porque lo justo es que yo no sufra. La gente amable y agradable no debería sufrir al morir y si tú murieras antes que yo, mi razón y mi consciencia se perderían y entonces yo moriría todos los días, poco a poco, muy lento, con miedo y con dolor, tratando de entender por qué te fuiste sin mí.

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