Yo pensaba que el amor necesitaba pausas y recesos y que, constantemente, precisaba de distancias. Pensaba que el amor demandaba ratitos para respirar a solas, para no asfixiarse, para dejarlo vivo. Yo pensaba que en el amor, debías modularte, comportarte, componerte y adecuarte para siempre tratar de encajar, para no alejar, para no transgredir, para no incomodar. Yo pensaba que en el amor tenías que modular tu luz e intensidad. Yo no pensaba que pensaba mal, porque yo no sabía que el amor se vive mejor mientras más pegadito estés y que las pausas sólo deberían ser besos a la mitad de una plática. Yo no sabía que en el amor no se puede vivir a tientas, que necesitas tener la luz prendida casi todo el tiempo para tomar las fotos mentales que repasarás cuando estés a oscuras o en silencio. Yo no sabía que en el amor, el único límite debe ser el del respeto y que mientras más despeinado, mejor. Yo no sabía que el amor es infinito, que es irracional, que es complejo y que tiene por obligación ser constante, porque el amor en casi todo se parece a π.

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