Casi como el Principito

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Vuelo de cuatro horas. Ruta: Houston-Boston. No hay pantallas de entretenimieno en el avión. Mi vecino de asiento es un niño de diez años, de origen uruguayo. Intento leer pero el niño tiene ganas de hablar. Su madre está del otro lado del pasillo, intentando controlar, sin mucho éxito, a su segundo hijo, de siete. El hermano mayor, Santiago, se levanta y le cuenta un secreto al menor e inmediatamente el chiquillo se sienta y se comporta. Ahora soy yo la que tiene ganas de hablar con él. Le pregunto qué le ha dicho para tranquilizarlo. “Que debe sentarse porque son las reglas del avión y que si no lo hace enfadará a los mayores”. Hablamos de todo, de las películas de superhéroes, de los adultos, de los niños, del futbol, del colegio, de la felicidad, de los libros, de las bicicletas, del enojo, de los teléfonos móviles y de los videojuegos. Y así, después de varias horas de charla desvariada e interrumpida, Santiago, de forma muy genuina e inocente, me ha cuestionado y aleccionado de muchas formas, dándome una cátedra de humildad, generosidad y madurez con estas lecciones:

  • Los adultos tienen el mal hábito de enseñar a los niños cosas inútiles: el miedo, la envidia, el rencor y el enojo. 
  • Los adultos hablan y actúan frente a los niños sin darse cuenta que los niños todo lo ven.  
  • Se pone el mismo esfuerzo en hablar bien que en hablar mal de alguien. Si yo lo entiendo, ¿por qué los adultos no? 
  • Los niños son mejores que los adultos, porque los niños sí se divierten. 

Santiago, Marcelo y su madre se despiden de mí. Santiago choca su puño contra el mío en señal de camaradería. Marcelo hace lo mismo por imitación. “Adiós. Me caíste bien. Yo creo que no serás una mamá aburrida”, son sus últimas palabras. “Lo intentaré, lo prometo”.


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