0-15: Nace, gatea, camina, corre, escala, cae, no desiste. Es un recolector. Explora, olfatea, prueba. Elimina lo inútil. Acumula experiencias. Se arriesga. Mide el peligro y calcula las consecuencias pero se atreve, se avienta. Nunca frena su impulso. Tiene sed y hambre, especialmente de vida. El miedo lo mueve, jamás lo paraliza. Habla sin mesura, piensa sin mesura, hace sin mesura. No aprende de los consejos, sino de la experiencia. Mete el dedo a la vela. Experimenta el dolor pero no lo sufre, acaso, lo fortalece. Conoce el conflicto, pero no se atormenta. Adolece, carece, pero eso nunca lo limita para obtener lo que quiere. Descubre su ego y se reafirma diferenciándose de los demás. Es el “yo puedo y el yo deseo”. Aún no es consciente de su grandeza. Sabe que ha echado raíces pero él quiere volar. Necesita conocer el mundo, verlo con sus propios ojos, conquistarlo. Primero, sin embargo, debe aprender a dominarse. Se rebela, se rebela, se rebela. Mata a los viejos dioses para encontrarse con los nuevos. Mata y al hacerlo, muere. Termina el viaje sensorial, termina el viaje de la mente.
15-36: Renace como un cazador. Vigila, acecha, calcula. Depreda. Se adueña de todo aquello que alcanza a ver. Domina. Comienza a entender su poder. Es el “yo hablo, creo y comprendo”, es el que define su vida, el que controla su vida, el que planea su vida. Descubre que obtiene lo que desea. Crece. Ha volado pero el mundo que ha visto le ha resultado pequeño. Reinventa sus conceptos, se reinventa constantemente para no morir. Ser obsoleto no es una opción. Aprende que no sólo debe adaptarse al entorno sino que él es el creador del suyo. Construye en abundancia. Genera vida. El linaje que ha heredado a su descendencia es único e irrepetible, y éstos, a su vez, serán sus grandes maestros. Comprende ahora a los viejos dioses y los revive para que coexistan con los nuevos. Ya dominó el aire, el agua y empieza a dominar la tierra. El fuego, sin embargo, lo puede quemar. Se quema, se quema por dentro, se quema y en ese momento entiende que hay cosas que no deben ser domesticadas, porque no está en su naturaleza. Se rinde, porque para ganarlo todo, a veces hay que perder un poco. Se rinde y muere. Termina el viaje de los elementos, de lo tangible, termina el viaje del cuerpo.
36-xx: Reencarna de nuevo. Vive conforme al dharma, buscando el balance, buscando la plenitud. Si alguna vez quiso comerse al mundo, ahora quiere saborearlo, poco a poco y con todos los sentidos. Su nueva conquista: la dominación del ego. Es el “yo soy” en plenitud y en armonía con el universo. Fluye. Elige mejor sus batallas. Entiende la naturaleza de las cosas y las ama tal y como son. No quiere juzgar. Decide ser más compasivo, decide perdonar, decide controlar el cuerpo y la mente. Sigue su intuición porque ahora escucha a su maestro interno. Ya no le pregunta a los dioses “por qué”, sino “para qué” y siempre obtiene respuestas. Inicia el viaje más largo, el viaje del amor, inicia el viaje del espíritu. (Y en este viaje, también voy a tu lado)

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