Esbozo de una despedida sin adiós

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Vuelves lleno de promesas. Eres el amor de mi vida, dices; de mis vidas, digo. Crees que estás enamorado de mí, siempre lo has estado. Lo sé y no tengo duda. El problema es que no sabes cómo tenerlo todo y yo no sé cómo es estar sin nada. No se puede vivir a medias, repito. Empieza entonces ese accionar inconstante: estoy-no estás, me voy-me quieres, te quiero-te vas. La locura, la disonancia, la inconsistencia. Vuelves cada vez que tienes la necesidad de ser amado, cuando te encuentras solo, cuando te aburres o cuando estás desocupado. Me pides que no dejemos morir lo nuestro y me prometes que esta vez sí lo lograremos, Yo te creo, siempre te creo. Me quedo confundida, cada que te vas con la mañana y tú te sientes ofendido cuando te pregunto qué te pasa. Y así pasan los días y esto muere, cada vez, se muere. Lo dejamos morir, lo matamos. Es el último aliento y me aferro un poco más a tu idea y a lo que pudo ser nuestra vida, pero es inevitable que llegue la despedida. No me lo dices pero nunca estás. Yo te lo digo pero no me crees. Me cuesta mucho decirte adiós pero esta vez ya no te espero, ya no te extraño, te amo pero ya no te quiero. Por eso te ruego, ya no vuelvas, vete, que estoy mejor sin ti.



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