No conocía las heridas de todas las batallas que habías librado, ni tus fantasmas ni lo leal que les eras. Tenías que haberme dicho que ya no eras la persona que recordaba, que arrastrabas muchos muertos, que el dolor te había enloquecido, que te había consumido la guerra. Creí reconocer dentro de ti aquella luz que alguna vez tuviste, pero sólo eran mis ganas de querer encontrarte. Lo que queda de ti es el soldado caído, derrotado por las tormentas. Eres sólo la penumbra de lo que alguna vez fuiste, el cadaver sombrío, la tortura que aqueja. Me hubiera gustado que me advirtieras que eras un verdugo, y pedirte que no descargaras conmigo las pesadillas de las que te alimentas. Pero tú ya no estás, sólo vive tu alma en pena. Tú no existes, ya no existes. Despierta.

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