Esto no es un trauma bonding

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Todos tenemos un amor por el que hemos roto las reglas. Me preguntó cuál era el mío. Debió notar mi pena. La incomodidad de confesarme me pareció más severa que la desnudez. La vergüenza. El miedo. El silencio que se anuda en el estómago.

R., respondí, R. es la persona por la que lo traicioné todo: amigos, valores, promesas, familia, trabajo. Lo arriesgué todo y casi pierdo todo. Creía, aún lo creo, que es una de esas historias tejidas en otra vida, que nos pertenecemos desde siempre. Estábamos locos el uno por el otro, nos amábamos, nos lo hacíamos sentir en cada palabra, en cada risa, en cada llanto, en cada pelea, en cada despedida. Nos cuidábamos. Era mi mejor amigo, mi refugio, mi cómplice. Era mi todo.

Juicio. Incomodidad. La cara de quien adelanta conclusiones con moral superior. No pretendo convencerla de nada, dijo con un atisbo de soberbia, sino que usted llegue a sus propias conclusiones. Se avecina la balacera, el interrogatorio, el cuestionamiento. ¿Por qué no están juntos? ¿Por qué siempre la mantuvo en la clandestinidad? ¿Por qué la celaba y por qué lo esperaba? ¿Por qué aparecía y desaparecía frecuentemente? ¿Acaso no son esos síntomas de una relación abusiva? Pensar sobre sentir. Razón sobre emoción.

Intentamos dejarlo muchas veces, continué. Incluso pusimos distancia geográfica. Nos dejamos de ver por meses, años en ocasiones, pero ninguno de los dos conseguía sobreponerse. No queríamos aferrarnos, pero la lógica nunca es más fuerte que el amor. ¿Si usted supiera cuántas veces él saboteó esto para que yo lo odiara? ¿Si usted supiera cuántas veces me negué a verlo para que se rindiera? Él no quería arrastrar mi vida a su caos y yo no quería amarrar su vida a la rutina. Hay quienes no saben vivir en calma. Un día, después de uno de sus habituales fuegos, lo acabamos. Me acusó de mentir, aunque no todo lo oculto es una antiverdad y mucho menos una deslealtad. La privacidad es un derecho. Lo acusé de paranóico, para descubrir que era reflejo de lo que él realmente hacía: engañar, esconder. Fui yo quien dijo la última palabra, aunque fue él quien tomó la decisión. Le prometí dejarlo de buscar, de pensar, de soñar, de desear, de esperar. Prometí dejarlo de amar. Él hizo lo mismo. Juró aborrecerme y no volver a mencionar mi nombre. Pero fallamos, como tantas veces, fallamos, para seguir rompiendo las reglas el uno por el otro. Fallamos para seguir eligiéndonos aunque ya no nos tengamos.

 


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