Miedo

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Siempre quise entender el momento en el que un ser humano conoce el miedo. Algunas personas conviven con él desde muy pequeñas: miedo a la oscuridad, a los monstruos, a los fantasmas, pero ese jamás fue mi caso. Otras personas me han dicho que conocieron el miedo el día que se enfrentaron con alguna situación violenta, como un asalto, un robo o una pelea, pero ese tampoco es mi caso. Hay quienes me han dicho que conocieron el miedo el día que se convirtieron en padres, porque es una responsabilidad que implica madurar de golpe para entregarte de lleno a una persona que se formará y dependerá de ti y de cómo lo nutras, pero eso estaba muy lejos de ocurrirme, así que también lo descarté. Decidí entonces crear una lista de miedos para encontrar un común denominador que me llevara a una conclusión real sobre su origen. Me encontré con todo tipo de respuestas: miedo a las alturas, a la oscuridad, a estar solo, a los extraterrestres, a no tener dinero, a no tener comida, a las estatuas, a los espacios pequeños, a las aves, a las víboras, a las ratas, a las cucarachas, a terminar en la calle, a caminar sobre las coladeras, a perder la memoria, a hablar en público, a hacer el ridículo, a equivocarse, a lo paranormal, al demonio, a estar en medio de una multitud, a fracasar… La lista era interminable y por más que intenté, no encontré nada sólido. Yo quería saber el origen del miedo porque quería saber por qué yo no lo conocía. Llegué a pensar que era inmune a él, que tal vez era demasiado cínico al grado de ser indiferente, hasta que conocí la traición. Sí, yo conocí el miedo el día que me rompieron el corazón. Yo era ya lo suficientemente viejo cuando sucedió. Siempre me había parecida exagerada la reacción de las personas ante el desengaño. Tampoco creí que a mi edad podía sucederme, eso de las decepciones amorosas, quiero decir, pero resulta que en el momento más inesperado, la persona que más amaba y en la que más confiaba me engañó. A decir verdad, hubiera preferido que jamás me lo confesara, porque así mis días seguirían siendo felices, pero ella necesitaba limpiar sus culpas a costa de mis demonios. En mi caso, la mentira y la huella de abandono y la pérdida de la confianza se convirtió en pánico. En mis intentos por entenderlo, jamás nadie me advirtió que el miedo se parece mucho al dolor, pero que, a diferencia del segundo, éste difícilmente se cura, porque es abrasivo y corrosivo y corrompe todo lo que hay en ti. Te quita las palabras, te seca la boca, te paraliza, te hace llorar, te impide dormir, te hace temblar, hace que te dobles y que te hinques para pedirle redención o tregua, pero el miedo no conoce ni la clemencia ni la piedad. El miedo se alimenta de ti, te absorbe, te desquicia y te encierra en tu propio manicomio, para invalidarte, para minimizarte, para burlarse de ti y así adueñarse de todo aquello en lo que creías.  Yo siempre quise entender el momento en el que un ser humano conoce el miedo y cuando lo hice, cuando le puse rostro, tuve que asfixiar una parte de mí, ahogarla y enterrarla para poder seguir, seguir, aunque esto sea lo más parecido a ser un muerto en vida.

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