Ansiedad

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Sudor en las manos, en la espalda, en los pies. Frío, vértigo. Sentía que un cuchillo la atravesaba desde la cabeza hasta el sacro. Después vino el hueco en la boca del estómago, la opresión en el pecho, la falta de oxígeno. Angustia, desesperación. Era imposible respirar, por más que jalaba aire, no lograba respirar. Muerte por asfixia repentina, pensó. Comenzó a llorar inconteniblemente. Incertidumbre, caos.  Se agarraba la cabeza, se frotaba las manos, los brazos. Desesperación. Quería arrancarse esa sensación del pecho. Le aturdía el ruido. Le molestaba la ropa. Sobre el asiento, se puso en posición fetal, viendo hacia la ventana e intentó abrirla sin éxito. Pensó que moriría en aquel autobús, que no volvería a ver ni a saber de nadie. Miedo. O se moría o pedía que la mataran. Todo alrededor se hacía grande mientras ella empequeñecía, las personas, los asientos, los árboles de la carretera parecía que la cubrían, que la acorralaban para no poder escapar de ahí. El pasajero de al lado notó que agonizaba y le ofreció ayuda. Le pareció la voz más molesta, un entrometido incómodo. Sólo quería que acabara. Silencio. Calma. Control. Desconcierto.
Lo que había sentido como la muerte más cruel, apenas duró unos minutos. Había estado pensando en lo ocurrido días atrás. La habían estado vigilando. La seguían. Rastreaban todos sus movimientos y los de su familia. La observaban de todas las maneras posibles. Había estado conviviendo con su verdugo sin saberlo. Después vino la violencia, el asalto, el despojo. Ocurrió dentro de su casa. El que era su refugio, se había convertido en un infierno. Nunca más estaría segura. Nunca más podría volver a dormir en paz. Su cerebro se volvió su peor enemigo. Pasaba de estar ausente a sobrepensar. Los escenarios se volvieron catastróficos y las posibilidades siempre eran fatalistas. Lo vivía en soledad. Se tragaba las palabras. Sentía vergüenza de sí misma. Quería evitar cualquier riesgo y se aisló. Quiso pedir ayuda pero no supo cómo. Lo que acababa de pasarle era la prueba de que le habían quitado todo, especialmente la humanidad. No sólo la habían transgredido, le habían arrebatado la cordura.


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