A tus tres años me han mandado llamar cinco veces de la escuela. CINCO. Has convertido el rincón de la calma en ring de lucha libre, atrincherado a tus compañeros en la casita de juegos, organizado la huída de clases, le has enseñado a tus pares a aventarse de cabeza, te has peleado a golpes en tres ocasiones por el triciclo azul y le dices a todos tus compis lo que deben hacer y cómo deben hacerlo… El verdadero desafío, dicen las docentes, es que al querer trabajar en los límites, te muestras avergonzado y con una sonrisa encantadora les dices: “be happy, please”. Crónica de un desgobierno anunciado.
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Eres el reto más fascinante. Vas de la ternura a la rebeldía, de la compasión a la pelea, de la generosidad a la rebatiña, de la risa descontrolada al llanto sin sentido, de los bailes espontáneos a la lucha de poder, de los abrazos a los alegatos, y todo, absolutamente todo, lo haces con pasión, como si te fuera la vida en ello. Admiro tu tenacidad, tu sed de justicia, tu poderío, tu astucia, tu inteligencia, tu sagacidad. Me asombran tus ocurrencias, la forma en la que convences a cualquiera, tu curiosidad y el empeño que pones en defender tus convicciones hasta el fin. Me enternecen tu risa malévola, tu gusto por los fantasmas, monstruos y villanos, tu amor y lealtad a tu hermano, tus movimientos gruesos y accidentados y la forma en la que vives al máximo cada momento.
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Tu llegada a este mundo fue el presagio que advertía tu andar: ruidoso, eufórico, complejo, rudo, desbordado, esperanzador, movido, trasgresor, interesante, apasionante, amoroso, divertido, único. Contigo la palabra “ramé” adquiere todo el sentido, porque eres a la vez lo más caótico y lo más hermoso. Eres la energía que lo sacude y lo atraviesa todo, eres esa belleza disruptora que todo lo transforma, como el amor, como la vida misma.

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