Una historia casi escrita

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DÍA CERO 
Cerró la puerta. De un lado, quedó la ansiedad, del otro, el llanto desbordado, incontenible. Le había dicho que no aceptaría un amor mediocre, un amor a medias. Todo conmigo o todo sin mí, sentenció. Él le pidió más tiempo, pero ya se había agotado el reloj, porque el tiempo sin acciones no sirve de nada. “Todo conmigo o todo sin mí”, repitió deseando que la eligiera, que le dijera que sería todo con ella, todas las vidas, que siempre sería así, que nunca más habría tiempos o distancias o incongruencias o insensatez, que ya solucionaría lo demás. Deseó que la abrazara y que le dijera que no contemplaba la vida sin ella, que nunca la dejaría, que era más grande su amor que su miedo, que podrían con todos los obstáculos, que le pertenecía, que todo estaría bien. Deseó que le diera la certidumbre que tanto necesitaba, pero bajó la mirada y sin sentirlo, y con el alma ausente, dijo: esta historia aquí se muere. Sabía que se estaba equivocando con su decisión. Sabía que debía elegirla en ese momento y para siempre, sabía que estaba rechazando su única posibilidad de ser feliz. Cerró la puerta, la dejó con el corazón destrozado, la soltó y con eso cerró el libro que los dos querían escribir. 
DÍA 1 
Ella recogió sus piezas. Intentó pegarlas y repararlas pero el corazón nunca queda igual. Nunca somos las mismas personas después de haber amado, pero eso nadie nos lo advierte. Fragmentada, decidió caminar hacia su nuevo destino sin saber cuál sería. Le pesaba la tristeza pero se había acabado la incertidumbre.
Él evadió el dolor. Aunque la ansiedad lo asfixiaba, su ego le impidió volver, buscarla. Quería regresar el tiempo, haberle dicho todo contigo, haberla abrazado y decirle que todo estaría bien si estaban juntos, nunca dejarla ir. Desearía no haber cerrado la puerta. La cobardía se había instalado en él. Se encerró entre el alcohol y las sábanas, esperando un milagro, esperando inmóvil una nueva oportunidad. 
DÍA XX 
El camino no se hizo más fácil, pero ella se volvió más fuerte para poder continuarlo. Se hizo del amor de la gente y de sus libros y de la música y de las caminatas y de los estudios. Cada día lo pensaba un poco menos y cuando lo hacía ya no lo hacía con dolor. Se había quedado sólo un vacío, una pieza del corazón sin pegar, la que él se había llevado.
Para él, los días siguieron siendo asfixiantes y solitarios. La pensaba a cada instante y ni él mismo comprendía su pasividad, su conformismo, su mediocridad, su inacción. La sabía más valiente que él, más fuerte que él. Le atormentaba la idea de saberla amada por alguien más. Ni el alcohol, ni las fiestas, ni el trabajo servían para mitigar su pena. Se llenó de rencor, de enojos, de frustración, de ira, de impotencia… Estaba tocando fondo. 
DÍA CERO 
Taquicardia, le tiemblan las manos. Se le seca la boca. ¡Hola ansiedad, no te extrañaba ni un poco! Un mensaje en el teléfono, siempre el maldito teléfono. “Hola, ¿cómo estás? Quisiera escribir un libro y necesito tu ayuda. Me gustaría invitarte a cenar. Sé que no lo merezco pero ojalá me respondas, ojalá digas que sí”.
Le cuenta que ha reordenado su vida, que terminó los ciclos que debió terminar muchos años atrás, que lleva semanas sin tomar, que está yendo a terapia, que lamenta haberla lastimado. Le cuenta de sus cambios, de su nueva casa, de su familia, del trabajo. Le sudan las manos, pero por primera vez está siendo valiente, está siendo la persona que ella merece. A ella sus palabras le regresen el trocito de corazón que le faltaba. Le alegra saberlo en paz, le reconoce haber sido honesto, sensato, congruente, fuerte. Se ríen un rato. Con él, siempre se siente en casa. Le desea que escriba esa nueva historia que tanto necesita y que sea la más bonita de todas. Se levanta de la mesa, lo abraza como sólo ella puede hacerlo. Se despide y empieza a caminar. Todo contigo, grita él. Quiero toda la vida contigo. Se paraliza. Respira. Da la vuelta para verlo a los ojos. Ahí está él, su persona, dándole la respuesta que durante eternos días y noches esperó pero que un día dejó de hacerlo. Piensa, siente, siente, piensa. Todo se pausa alrededor. Titubea, duda. Cierra los ojos y tras un suspiro que se antoja eterno responde: capítulo uno

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