Lo cierto es que te sigo escondiendo entre mis letras, entre mis libros, entre mis canciones y en mis memorias, sobre todo en las que fuimos felices. Es ahí donde te busco cuando más te extraño, es ahí donde me refugio para hablar contigo, para contarte que estás a salvo, para decirte que cumplí mi promesa y que otra vez no te maté.

El otro día me preguntaron por ti y respondí que te había matado de golpe, deshaciéndome de ti y de todo aquello que me vinculara contigo, sin piedad y sin remordimiento. Les dije que no recordaba casi nada tuyo, ni tu voz, ni tu rostro, ni tu olor, ni tus manos, ni tu música, ni tus ojos, que me costaba mucho recordar tu nombre y lo mucho que nos habíamos amado. Les aseguré que te enterré porque tú ya no cabías en mis suspiros, ni en mis ganas, ni en mis proyectos, ni en mis sueños.
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