Catarsis o santo remedio

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Se detuvo en la puerta de mi casa y, lastimosamente, me dijo: «la pobre Diana… estás maldita». Las palabras hicieron eco en mí, así que realmente pensé que tenía razón, al fin y al cabo nada parecía estar saliendo bien: en casa, un perfecto desconocido me hacía irrespirable el ambiente; el dolor en el estómago no había cesado en varias semanas; no encontré refugio cuando lo necesitaba; mi ipod no funcionó; un gran tipo se enamoró; intentaron asaltarme; no fui requerida, por error, a mi cena intercultural; mis zapatos rojos los usó una china, y volví a ser una carga.

Más allá de haberme sentido mal, me preocupó no haber podido llorar, cosas particularmente extraña en mí. No me sentí mal como debería sentirme ni tampoco me dolió darme cuenta de que hay gente mala. En realidad, pensé que había perdido el don de las lágrimas y me aterrorizó la idea de haberme convertido en una cínica.

Entonces, sin pena ni glora, emprendí el camino a Salamanca, una pintoresca ciudad color beige y llena de vida por todos lados. El buen clima me ayudó a disfrutar las callejuelas y plazas mientras que el Sol se encargaba de colorearme un poco; el astrounauta de la Iglesia me sacó una sonrisa; me emocioné al encontrar una rana sobre un cráneo y un loco me bailó en la Plaza Mayor. Pese a todo, fui incapaz de conmoverme.Poco antes de partir, el noble y genial Pipe se acercó y me dijo: «¿no has visto el cielo?, ven yo te voy a llevar». Me pareció un vil y vulgar alarde, pero uno no puede malpensar de Pipe, así que accedí.

Entramos por el Patio de Escuelas, cruzamos dos claustros pequeños y vimos tres fuentes y un pozo. Por fin, nos detuvimos en una pequeña puerta y me ordenó cerrar los ojos, me guío hasta el interior y, cuando por fin pude mirar, comprendí que, efectivamente, estaba en el cielo.

Me acosté un buen rato en el suelo y lo contemplé, mientras al silencio lo acompañaba un ‘bel canto’. Busqué las constelaciones y descubrí las figuras del signo zodiacal. Cerré los ojos por un momento y, al abrirlos, me percaté que estaba llorando. El cielo, bonito con sus pinturas en fresco, me había hecho llorar. Me sentí aliviada porque no me había convertido en una cínica sino que me había curado de los locos.


2 respuestas

  1. Anónimo

    imperdonable eso de los zapatos rojos botónbotón.

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  2. Anónimo

    No puedes dejar de sentir porque tú esencia y tu fortaleza es la transparencia de tu corazón. Tus lágrimas, me consta, son la más clara muestra de tu bondad. Cuando el llanto se atasque, como bien ocurrió en este pasaje, mira al cielo, y así te olvidarás de las malas personas, recobrarás la confianza en la alegría y en las buenas personas (eres un imán para ellas) y recordarás que eres Diana. No necesitas más.

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