Parte I
Nunca he sabido en cuál de todos los mundos vive mi papá. Lo que sí sé es que en ese mundo todo es mejor. Quienes no lo conocen, no podrán entenderlo nunca, pero él es grande, grande como su sonrisa y sus ideas.
En días pasados, de viaje por Roma, mi papá protagonizó el siguiente diálogo:
– Enano: Papi, qué te parece si en lugar de ir al Panteón Romano vamos a dar un paseo por el Tíber.
– Nacho: Obvio, si no voy al panteón a ver a mi papá, menos voy a ir a ver a unos desconocidos.
Antes, Nacho nubló el asombro de la Plaza de San Pedro con la exclamación: “¡Mira, ahí fue donde se cayó el Papa!”… simplemente brillante.
Parte II
Con sus ocurrencias, Nacho siempre termina siendo el centro de mi atención, algo que ni la Fontana de Trevi ha podido superar.
Por tradición, y para que se cumpla un deseo, quienes visitan la bonita fuente deben lanzar una moneda con la mano derecha por encima del hombro izquierdo. Pero, como en Nacho todo funciona de una extraña manera, tuvo que hacerlo dos veces. Eso sí, con astucia:

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