Sin ninguna intención premeditada, he comenzado a tomar distancia de Madrid para verlo con ojos ajenos, acaso es la nostálgica sensación de que el tiempo se agota. Con la mayor frialdad posible, realmente poca, lo que más me gusta de Madrid es:
El primer soplo de aire que golpea la cara; los días de risas y café con la Raai (que no la RAE); los museos ideales para el chisme; Sol; las caminatas seguras de las madrugadas; los viejos gruñones que discuten porque el Ayuntamiento ha sembrado tulipanes amarillos; los abriguitos y zapatitos de los niñitos; la sensación de que el tiempo se detiene en cada estación del metro; el mundo interminable de gomitas; Don Er y Lord Vitamine; dormitar en El Retiro; las calles siempre llenas de gente eufórica por comprar; las caribeñas reivindicando la feminidad; las plazas escondidas que llegan por accidente; ‘Solitos’; la glorieta de Cibeles; el mirador abandonado; las frecuentes noches que terminan en mañanas; los silencios de Rezc; el ángel de Fellini; la complicidad de los buenos; los ‘tigles’; la paz que me sigue cuando camino sin rumbo; mi barrio los sábados y domingos por las mañanas; mis gordos desordenándolo todo con su visita y, por supuesto, el “mi cieeelo” del otro lado del teléfono.

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