El 16 de septiembre de 1995 conocí el sufrimiento que provoca la muerte. Esa noche, sola, en casa, tuve miedo de olvidar a Consuelo, así que le pedí a Dios que no me quitara su recuerdo y, como siempre, me lo concedió.
Durante años la imaginé igual, enferma, sin tecnicopía, sin habla, sin sueños, sin ganas. Otras veces, las menos dolorosas, pensaba en ella cuando todavía podía caminar, persiguiéndonos a mi hermano y a mí, escondiendo la comida o tirándome un plato de sopa en la cabeza. Pero, tras haber recorrido 9,062 kilómetros, volví a ver su vitrina con su bailarina de flamenco, sus castañuelas, sus abanicos y otros de sus miles recuerdos nostálgicos. Entonces, su imagen renació.
Volvió con sus mofletes rosados, sus sombras azules y sus cejas delineadas. La vi sonriente, riendo de algo, y orgullosa de su fantástico peinado de salón y sus largos collares de cuentas de colores. Estaba sentada frente al televisor en el último cuarto de su departamento, mientras yo imaginaba los tesoros que debía de esconder en el primer cajón de su cómoda. Después, me dio 20.000 viejos pesos de domingo, me llevó al café de chinos del cine Continental y, al final, me dio un dominico que sacó de su bolso tejido.
No sé cómo supieron los españoles sus secretos, no sé cómo se las ingeniaron para adornar sus aparadores de souvenirs como la vitrina de Consuelo, pero se los agradezco, porque me regresaron a mi abuela antes de que “el alemán” terminara de azotarla.
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