Tuve que escalar hasta tu cabeza para poder meterme en tu memoria. No fue nada fácil, no eres precisamente un hombre pequeño. Anduve durante días en tu árida piel; mis pequeños pasos se veían ridículos en tu infinito terreno. Caminé por zonas desconocidas, pero el refugio que encontré en tu ombligo me abrigó de toda tempestad. Exploré lugares inciertos, hasta llegar a tu barba, que me hizo cosquillas infinitas. Me dieron ganas de bailar, así que le pedí a tu lengua que me acompañara. Cuando me cansé, salí de tu boca en búsqueda de luz, que apareció en tus ojos. En ellos me perdí un millón de segundos y cuando me encontré, encontré también tus orejas. Te susurré al oído que te quiero, tú te estremeciste y yo caí dentro de ese infinito agujero. Entonces, descubrí tus recuerdos y decidí apropiarme para siempre de ellos.
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