Lo imagino muchas veces con sus pantalones de pachuco, su saco largo y un sombrero heredado de algún amigo. Lo veo coqueteando con la galantería que habría aprendido en una película de Pedro Infante o que, tal vez, algún artista venido a más le copió, porque él fue un hijo pródigo de los locos años 20.
Lo supongo con su ceño fruncido, tratando de leer la mente de las personas que están a su alrededor, ocultando, así, el miedo que le daba vivir la buena vida que se negó a aceptar. Lo pienso aprendiendo lecciones que no quería absorber, porque su orgullo no le permitía ser blando. Lo miro dando lecciones de humildad, de sencillez, de nobleza, de locura.
También contemplo sus pasos en El Salón México y, cuando lo hago, pienso en lo mucho que me habría gustado que me reservara el último baile de la noche.
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