Hace un par de años me enamoré de un hombre que no tenía nada que ver pero tenía todo que haber con lo que soñaba. No era un romántico empedernido, de esos que te escriben cuentos o te envuelven con palabras poéticas. Tampoco era el tipo de persona que se inventa manías, devora libros o vende sueños. No se creaba ningún conflicto existencial, ni actuaba, ni pensaba que tener un heterónimo «pessoaniano» era perfecto para reinventar el sentido del «dolor por amar». Era más bien un hombre común, y de tan común que era resultó todo lo contrario. Un sujeto práctico, amante de la vida y de reírse desde la barriga, sin complejos, sin conflictos. Un ser que creía en que las cosas debían fluir de manera natural, que se burlaba de sus defectos y admiraba las virtudes ajenas, un hombre que no hacía literatura, pero te hacía sentir como en una historia fantástica, un niño cuando tenía que serlo y un viejo cuando tenía que actuar. Ese, el tipo más real que he conocido, fue el que me puso los pies en el suelo… de las nubes.

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