Bien dice la Raai (que no la RAE): «El enano se vuelve persona cuando toma café». Por eso mis tiempos se dividen en A.C y D.C, que no tiene nada que ver con Cristo ni con el nombre de la banda australiana de los hermanos Young (AC/DC, corriente alterna, corriente continua) sino con el líquido del que emana la cafeína.
Confieso, pues, que antes del café (A.C., por sus siglas, evidentemente) no soy elocuente, ni coordino mis movimientos, ni articulo bien las frases ni soy amigable. Por el contrario.
Pero después del café (D.C., por sus siglas, aunque suene reiterativo), efectivamente me motorizo. Dejo, entonces, a un lado muchas estupideces -que no todas, para ser sincera-, y abandono las palabras inexistentes como «respéndeme» (respóndeme) o «confunsión» (confusión).
Por eso, en mi decreto para ser mejor persona, siempre está iniciar la mañana con una buena dosis del líquido, aunque debo tener cuidado de no exagerar en la cantidad, pues siempre corro el riesgo de caer en los extremos y convertirme en una entusiasta.
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