Por las tardes, cuando ya no había niños en el kínder, Madame Giselle soltaba a sus gallos y gallinas para que pudieran correr en el inmenso terreno que abarcaba el Güi Güi. Tipi y yo solíamos ser los últimos en abandonar el jardín de niños, pues mamá argumentaba que pasaba tarde por nosotros porque éramos felices ahí.
Una de tantas veces en que mi hermano y yo teníamos la escuela sólo para nosotros, Madame Giselle se impacientó y decidió soltar a sus aves de corral. En cuanto vi a uno de los gallos supe que algo andaba mal. El animal se había llevado un globo al pico, así que, en una labor altruista, decidí ayudarlo para que no muriera ahogado. Me acerqué sigilosamente y lo sorprendí por detrás jalándole el globo rojo que le colgaba… Tremendos picotazos los que me llevé cuando descubrí que el «globo» no era más que un pellejo, una especie de buche que es intrínseco al gallo.
Me dolió más el orgullo que las ráfagas de la embestida animal, así que por miedo a la burla y temor a la represalia me autocensuré. El gusto no me duró mucho, pues hoy me ahorraría muchos problemas si hubiera aprendido bien la lección de la primera y única vez que me quedé callada.

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