La infección me recorre todo el cuerpo. La enfermedad me tiene agotada; los párpados se vuelven de plomo. De pronto ahí está la titánica serpiente con sus afilados colmillos. Viene por mí. Trato de escapar pero me envuelve con su cuerpo. Intento liberarme, lucho, forcejeo. Pero su fuerza me aprieta casi hasta asfixiarme. Sudo, pero la fiebre no cesa. Un escalofrío se apodera de toda mi piel. Intento abrir los ojos, pero me vence el cansancio. Un ruido distrae a mi verdugo y aprovecho para escapar. Corro lo más rápido que puedo pero mis piernas parecen no responder. El animal no hace nada por seguirme, me sorprendo. A la distancia la miro y ella sonríe. Sabe y sé que volverá, porque aún no me ha cobrado la factura.

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