
Dejó de hablar. Sólo su mirada triste lo delataba. Comía poco, dormía poco. Era un saco de huesos, un alma en pena que vagaba para encontrar la salvación. Lloraba por las noches, en silencio, para que nadie notara el hambre que tenía su anímico corazón. El recuerdo del pasado, de ella, lo condenaba. Se había cortado la lengua, pero nunca pudo mutilarse la memoria.
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