El sábado en la noche, al salir de la iglesia, me encontré con Lalo Motta. «Güera, estás muy flaca, ni un gramo más o tendré que castigarte. Ningún hombre vale la pena, no vale una sola lágrima tuya», me dijo. Le di un fuerte abrazo y le prometí que pronto estaría bien, pues sólo era cuestión de tiempo.
Más tarde, durante la fiesta, me acerqué a su mesa, y, refiriéndose a mí, señaló: «¡Qué bonita está, ¿verdad?!» Después volteó a verme, me abrazó y sentenció: «Tienes que cuidarte, ¿ok?». Prometí que lo haría y nos despedimos.
Hoy, a las 14:00 horas, mamá llamó por teléfono. La comida en casa de mi abuela se había cancelado porque Lalo estaba en el hospital. «Fue un aneurisma. Lo están operando». Ocho horas después, el médico confirmó el peor de los diagnósticos: «Tiene muerte cerebral».
Las últimas palabras que Lalo me dijo resuenan en mi cabeza. Cumpliré la promesa que hice y pensaré que él seguirá sentado en su consultorio, feliz de verme llegar, listo para una larga charla y con todo el cariño que siempre nos tuvimos. Él era parte importante de mi familia, sé que no dejará de cuidarnos.
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