Gigante

Avatar de DEVA
Te hiciste pequeña, tanto que, cuando quisiste hablar, ya nadie escuchaba tu voz. Los primeros síntomas aparecieron cuando comenzaste a tomar decisiones para hacerlo feliz, aunque eso a ti no te convenciera. Te sentiste disminuida, pero no le diste mucha importancia porque creíste que tu superhéroe te rescataría, cosa que no sucedió. Tuviste miedo cuando a tu alrededor todo se hizo grande; pensaste que morirías asfixiada. Para ese momento, tu salvador se convirtió en una especie de criptonita: tú debías entender que él se sentía minúsculo, y, al justificarlo, te contagió. Lo peor llegó cuando perdiste toda conciencia de ti, dejaste de hablar, de sonreír, de pelear, de querer hacer, eras, pues, una insignificante autómata. Siendo ya microscópica decidiste revertir el efecto y te encontraste con el peor de los enemigos: el síndrome de Estocolmo que habías desarrollado. Así perdiste muchas batallas, hasta que un día pudiste escalar hasta su cabeza y, desde su altura, viste todo lo que sus ojos te habían escondido. Entonces, recuperaste tu «muchosidad»; entonces, te hiciste gigante.

4 respuestas

  1. Anónimo

    Recuperaste los huevos, pues. Así mejor.

    Me gusta

  2. Anónimo

    Laliiiiitoooo… Sí, algo así, y se siente bien tenerlos, nunca había tenido unos jajajaja.

    Me gusta

  3. Anónimo

    Si esto fue un sueño, no despiertes; si no lo es, quiero conocer el país de las maravillas contigo

    Me gusta

  4. Anónimo

    Padrísimo!!!! 😀

    Me gusta

Deja un comentario