Te hiciste pequeña, tanto que, cuando quisiste hablar, ya nadie escuchaba tu voz. Los primeros síntomas aparecieron cuando comenzaste a tomar decisiones para hacerlo feliz, aunque eso a ti no te convenciera. Te sentiste disminuida, pero no le diste mucha importancia porque creíste que tu superhéroe te rescataría, cosa que no sucedió. Tuviste miedo cuando a tu alrededor todo se hizo grande; pensaste que morirías asfixiada. Para ese momento, tu salvador se convirtió en una especie de criptonita: tú debías entender que él se sentía minúsculo, y, al justificarlo, te contagió. Lo peor llegó cuando perdiste toda conciencia de ti, dejaste de hablar, de sonreír, de pelear, de querer hacer, eras, pues, una insignificante autómata. Siendo ya microscópica decidiste revertir el efecto y te encontraste con el peor de los enemigos: el síndrome de Estocolmo que habías desarrollado. Así perdiste muchas batallas, hasta que un día pudiste escalar hasta su cabeza y, desde su altura, viste todo lo que sus ojos te habían escondido. Entonces, recuperaste tu «muchosidad»; entonces, te hiciste gigante.
Te hiciste pequeña, tanto que, cuando quisiste hablar, ya nadie escuchaba tu voz. Los primeros síntomas aparecieron cuando comenzaste a tomar decisiones para hacerlo feliz, aunque eso a ti no te convenciera. Te sentiste disminuida, pero no le diste mucha importancia porque creíste que tu superhéroe te rescataría, cosa que no sucedió. Tuviste miedo cuando a tu alrededor todo se hizo grande; pensaste que morirías asfixiada. Para ese momento, tu salvador se convirtió en una especie de criptonita: tú debías entender que él se sentía minúsculo, y, al justificarlo, te contagió. Lo peor llegó cuando perdiste toda conciencia de ti, dejaste de hablar, de sonreír, de pelear, de querer hacer, eras, pues, una insignificante autómata. Siendo ya microscópica decidiste revertir el efecto y te encontraste con el peor de los enemigos: el síndrome de Estocolmo que habías desarrollado. Así perdiste muchas batallas, hasta que un día pudiste escalar hasta su cabeza y, desde su altura, viste todo lo que sus ojos te habían escondido. Entonces, recuperaste tu «muchosidad»; entonces, te hiciste gigante.
Deja un comentario