Somos esclavos de la herencia socrática, siempre tratando de buscar respuestas, siempre detrás de una explicación. Pero, a veces, es mejor no tratar de entender el por qué de las cosas. Es simple: las soluciones a los enigmas realmente importantes de la vida sólo se pueden ver con el tiempo. Es una necedad, pues, y a veces una tortura, intentar encontrar respuestas lógicas que justifiquen por qué perdemos algo o a alguien o por qué las cosas han salido mal. El universo sabe lo que hace y va formando el camino justo para cada quien, para que cada pieza embone, como un rompecabezas del que sólo puedes ver la imagen completa cuando todas las partes están en su lugar. Eso no quiere decir que en las andadas, en lo que llega el orden cósmico, no encontremos baches, pero sí, al final, la vida es perfecta. Hoy lo sé, con tanta claridad como cuando alguien te aprieta la mano y sabes que eso significa «te amo, ¿eh?».
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